Es importante tomar conciencia que nuestros hijos son los adultos que formarán la sociedad del mañana. A través de la educación, estamos construyendo la sociedad, la cual puede estar basada en el respeto, el amor, la generosidad, la empatía, la colaboración, o bien, asentada en el exitismo, la violencia, el resentimiento, la lucha de poderes.

«Tenemos una gran responsabilidad en nuestras manos. Como padres, somos las personas más influyentes en la vida de nuestros hijos»

Extracto del Libro «Aprender A Vivir Para Enseñar A Vivir» – Lic. Felipa Mersán.

Para lograr estos propósitos, necesitamos reestructurar la educación tradicional y establecer una educación más adecuada a los tiempos que estamos enfrentando.

En primer lugar, debemos pasar de una educación basada exclusivamente en la CORRECCIÓN, a una educación que fomente mayor CONEXIÓN. Cuando educamos desde la conexión, estamos vinculándonos con el mundo interior de la otra persona, entrando en sintonía con lo que piensa, siente, necesita, anhela, sueña; y de esta manera desarrollamos niños con mayor autoestima, autoconfianza, autoconocimiento y empatía. Cuando educamos solamente en la CORRECCIÓN, estamos centrando la atención en la penalización del error, en censurar los desaciertos, las fallas, lo cual deja niños con falta de seguridad, sin confianza en sí mismos y carentes de habilidades interpersonales. Necesitamos crear un clima basado en orientar, acompañar, impulsar e incentivar a que los niños se desarrollen de manera saludable a través de la conexión, la ternura, la disponibilidad, el afecto, el cariño y la empatía.

En segundo lugar, necesitamos trasformar la educación que promueve las ESTANDARIZACIONES; en una educación que premie las INDIVIDUALIDADES.  Cada persona es un ser único y especial que merece expresar y alcanzar su mayor potencial. Estamos acostumbrados a seguir parámetros impuestos por la sociedad, en vez de seguir nuestra propia esencia e individualidad.  Debemos aprender a reconocer y destacar las diferencias, conociendo y aceptando los propios ritmos de madurez y crecimiento, las características personales y sello individual de cada niño.

En tercer lugar, orientar nuestros esfuerzos hacia una educación que promueva el desarrollo EMOCIONAL, y que no solamente premie el progreso RACIONAL. En general, estamos más estresados por el logro del crecimiento académico e intelectual de nuestros hijos, que por el desarrollo de sus aptitudes y habilidades emocionales. Sin embargo, hoy está comprobado que son estas aptitudes las que generan mayores beneficios a largo plazo. Educar niños sabios emocionalmente, que sepan reconocer y gestionar sus sentimientos, requiere de un entorno que promueva la expresión y validación de sus propias emociones, así como también, de que se establezcan límites adecuados para poder controlarlas y gestionarlas de manera acertada.  De esta forma potenciaremos la inteligencia emocional de nuestros hijos, la cual trae beneficios en todas las áreas de la vida.

Creo firmemente en el potencial de las personas y en la necesidad innata del ser humano de crecer, superarse, y buscar la felicidad. Por lo tanto, si creamos el entorno adecuado, estaremos formando adultos que logren la autorrealización, que les permita alcanzar la felicidad y la plenitud. De esta manera, estaremos cambiando la sociedad y el mundo. 

Es importante enfatizar en que no existen recetas mágicas, ni necesitamos ser padres perfectos, pero sí necesitamos esforzarnos por ser la mejor versión de padres que podemos llegar a ser. Seamos padres reflexivos, que puedan cuestionar esos viejos paradigmas y dogmas, que fueron traspasando generación en generación los cuales hoy se encuentran obsoletos y carecen de todo sustento para desarrollar niños sanos y felices. Por, sobre todo, seamos padres del corazón conectados con cada uno de nuestros hijos de una manera íntima, única y especial, ya que cada persona necesita ser valorada, querida, aceptada, entendida, respetada y potenciada.

Para terminar, no nos olvidemos nosotros mismos de APRENDER A VIVIR, para que de esta manera podamos ENSEÑAR A VIVIR a nuestros hijos, de una forma más plena. Cada uno puede hacer de esta vida algo enriquecedor, placentero, satisfactorio y disfrutable.  La vida es plenitud, debemos descubrirla y vivirla. Dejemos a nuestros hijos el mejor legado que podamos regalarles viviendo una vida digna, feliz, alegre, gozando de los momentos con ellos. Amemos sin límites, corramos detrás de nuestros sueños y creemos la vida que anhelamos. Dentro nuestro tenemos el poder y las herramientas para poder lograrlo, solo depende de nosotros.

Más que una responsabilidad, ser padres es un privilegio y un regalo que tenemos que disfrutar y agradecer.

Extracto del libro «APRENDER A VIVIR PARA ENSEÑAR A VIVIR» 

Autora: Lic. Felipa Mersán. 

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